Moros y Cristianos fiestas de Valverde de Júcar
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Por lo que respecta a la
antigüedad de las Fiestas de Moros y Cristianos, el documento más antiguo
que poseemos es el Libro de la compañía de moros, fechado en 1802, que
contiene la décima de D. Diego Vicente de Luz y Ruiz de Alarcón, de 1801. En
un artículo de José Olivares, titulado Viejas Banderas y publicado en el
número 4 de Onzenero, en 1982, se demostraba que nuestras fiestas estaban
vigentes a mediados del siglo XVIII, sin embargo ningún otro documento
escrito, que conozcamos, nos puede certificar que nuestras fiestas estaban
vigentes en tiempos anteriores, aunque todos tengamos la certeza de que sí
se celebraban.
El hallazgo por el autor en el archivo municipal de Olmedilla del Libro de
la Cofradía del Niño Jesús deste lugar de la Olmedilla. Año de 1657, aunque
en un estado de conservación lamentable, que lo hace poco menos que
ilegible, tiene una importancia extraordinaria, puesto que viene a
corroborar, de modo circunstancial, la certeza sobre la celebración de
nuestras fiestas en épocas más antiguas a las hasta ahora conocidas, por lo
que tiene de común con las constituciones que se hallan en el Libro de Moros
de 1802, y lo que nos lleva a considerar que en el siglo XVII existirían en
Valverde unas cofradías semejantes a las fundadas en Olmedilla de Alarcón.
En aquel hecho histórico decisivo en nuestra historia, que fue la Guerra de
Granada, pues se ponía fin a la Reconquista y, a falta de la anexión del
Reino de Navarra (1512), se completaba la unidad del Estado, un valverdeño,
Martín de Alarcón brilla con luz propia. Se halló desde sus comienzos en
toda la campaña de Granada jugando un papel decisivo por las funciones tanto
bélicas, como diplomáticas, que los Reyes Católicos le encomendaron. Además
de Martín, sus hermanos, Pedro Ruiz de Alarcón, VII Señor de Valverde,
fallecido en la batalla de Coín, y Juan Carrillo de Alarcón, VIII Señor de
Valverde. Junto a estos insignes personajes y bajo sus órdenes, otros
antepasados nuestros anónimos, las mesnadas señoriales que les acompañan.
Emociona leer en uno de los textos del capítulo VI de la primera parte (el
combate de la zubia. revés de los cristianos) la frase que el cronista Pérez
del Pulgar dedica a los valverdeños, que a las órdenes de su capitán Martín
de Alarcón, salvaron a Gonzalo de Córdoba.
Arranque histórico: GUERRA DE GRANADA.
El origen y antigüedad de las Fiestas de Moros y Cristianos de Valverde de
Júcar (Cuenca), está sujeto --siglo tras siglo-- al linaje Ruiz de Alarcón
(antes Zevallos) y a su estrecha participación dentro del último capítulo de
la Reconquista, llevada a término con la toma de Granada y la capitulación
de la Corte Nazarí.
La guerra de Granada, mediante la cual los Reyes Católicos ponen fin a la
Reconquista y a la Edad Media española, es uno de los temas favoritos, más
cultivados y más populares de nuestra historia y de nuestra literatura.
Ilustrado por muchas fuentes antiguas e incontables estudios modernos,
conserva todo su atractivo y no está en modo alguno agotado. Siempre es
posible revisar nuestra representación de un período histórico, aportando
nuevas fuentes o nuevas interpretaciones. Pero hay períodos históricos
--como el que ahora nos ocupa-- fosilizados, cuya imagen congelada, sólo
admite pequeños retoques o precisiones; pero que no dejan de actuar sobre
nosotros, inquietándonos y atrayéndonos; sobre todo si ocultan la clave de
su secreto. Así, la guerra de Granada, que no es tan sólo --entiéndase
bien-- el rosario de episodios bélicos, preñados de novelesco interés, sino
también, y sobre todo, la colisión de dos mundos opuestos y antagónicos: el
islamismo europeo occidental, que agoniza entre ópalos de ocaso, agotando
sus últimas posibilidades, y la España cristiana, que cuaja su unidad y se
ensaya para sus más altos destinos, polarizando su esfuerzo en una empresa
nacional; liquida en nuestro suelo peninsular un larguísimo proceso de
luchas, convivencia e influjos recíprocos; y nos deja dispuestos para
afrontar futuros proyectos y tareas.
Pero también, no es menos cierto, que la toma de Granada es la escuela
técnica de los ejércitos permanentes de la Edad Moderna, escuela de
organización, de tenacidad y de heroísmo.
Y junto a su importancia histórica, su resonancia literaria. De la guerra de
Granada ha dicho su historiador Lafuente Alcántara: "(...) duró diez años,
como la de Troya, y en su empeño se realizaron hazañas más arduas y menos
fabulosas que las que cuenta Homero".Y García Gómez lo ha glosado en un
texto de antología:"La comparación es justa y aún pudiera reforzarse. Guerra
más poética no la conocen los anales del mundo moderno. Descontando el
final, lances favorables y adversos se eslabonan entreverados, como si una
justa Fortuna los distribuyese con equidad para gloria y dolor de los
contendientes. (...) Y todo se resuelve en una densa atmósfera poética, en
una delirante idealización del adversario. La morisma granadina seguirá
viviendo en la literatura española --leyenda, novela, teatro, romancero--
casi hasta nuestros días, e incluso pasará a toda Europa. Jamás tan
brillante puente de plata fue tendido a enemigo que huye".
La lucha por Granada no sólo impresionó profundamente a sus actores y a los
contemporáneos, próximos y remotos, sino que ha renovado muchas veces su
actualidad en el alma y en la cultura españolas. Bajo Felipe II, los nietos
de los vencidos por los Reyes Católicos renuevan la lucha en una sangrienta
rebelión que suscitó también gloriosos ecos literarios. A comienzos del
siglo XVII, la expulsión de los moriscos vuelve a remover el tema y la
atención de los españoles, arrastrando importantes consecuencias económicas.
En el siglo XVIII, la renovación de los estudios históricos incluye la
erudición arábiga, con el descubrimiento del máximo historiador granadino,
Abenaljatib.
En la primera mitad del siglo XIX, el Romanticismo hace bandera de los
romances fronterizos y moriscos, y eleva monumentos de entusiasmo a las
glorias de Granada mora. Luego, el florecimiento de las ciencias históricas
instrumentales --arqueología, epigrafía, sigilografía, paleografía,
numismática-- y el estudio de las instituciones, renuevan y perfeccionan el
conocimiento de la historia y de las postrimerías granadinas. Y ahora mismo,
muchos pueblos de la España actual --como es el caso de Valverde de Júcar--
siguen quemando pólvora en sus fiestas de moros y cristianos, evocación de
la guerra de Granada, y consumen los temas granadinos en la literatura de
pliegos de cordel.
El reino de Granada prolonga la presencia del Islam en España durante dos
siglos y medio, de un modo a primera vista inexplicable. Esta perduración se
explica, sin embargo, por la falta de cohexión entre los cristianos y por
las dificultades interiores de Castilla; pero también, y sobre todo, por la
fortaleza del estado Nazarí, su densidad de población y su prosperidad
económica, fruto más del trabajo y del ingenio que de las riquezas
naturales; y por un prodigio de equilibrio. Encastillados en las alturas de
la Penibética y de sus sierras marginales, ampliamente abiertos al mar,
frente a las costas de África y hacia Oriente, los granadinos supieron
ayudarse de los africanos frente a los cristianos peninsulares, y de los
cristianos frente a los musulmanes de África, consiguiendo así mantenerse a
cubierto del más fuerte. Esta guardia tensa y peligrosa les mantuvo fuertes
y vigilantes, y les permitió desarrollar hasta el límite todas sus
posibilidades.
Cuando las grandes conquistas de Fernando III y Jaime I, la tierra granadina
recibió a casi todos los musulmanes que no quisieron o no pudieron quedar en
sus hogares, y que aportaron las técnicas de la primorosa agricultura
levantina y de las lujosas industrias cordobesas y sevillanas, con el
espíritu indomable de quienes no habían querido someterse.
Dividida la cristiandad peninsular en varias patrias, recelosas, esquinadas
y rivales, sólo Castilla conserva frontera con los moros y reivindica para
sí la tarea de conquistarlos. Pero no tiene prisa en hacerlo. La ocupación
sistemática del último reino sarraceno comenzó en el año 1482, una vez
finalizada la guerra civil castellana. Como ya se ha señalado, la guerra de
Granada, por los contingentes movilizados, táctica empleada, la utilización
de las armas de fuego, etc., puede y debe considerarse como la última guerra
medieval y la primera de la Edad Moderna.
La conquista del territorio granadino se realizó en tres fases: la primera
(1482-87) centrada en la ocupación de la región occidental del reino,
culminó con la toma de Málaga en 1487. Durante la segunda fase, los RR. CC.
centraron sus esfuerzos en la zona oriental (1488-90)
ocupando Guadix, Baza y Almería; atenazada de esta forma por las huestes
cristianas, Granada y su Vega fueron el escenario de la tercera y definitiva
fase de la guerra (1490-92).
Con excepciones como la campaña de Antequera, la intervención del poder real
en las relaciones con Granada se había limitado a pactar treguas, cobrar
parias cuando los reyes granadinos pasaban por algún apuro y nombrar
adelantados. Así, todo el peso de la defensa de la frontera granadina recayó
sobre las mismas tierras fronterizas, las Órdenes militares y algunos
grandes señores vecinos con el moro.
La frontera fue entonces, simultáneamente las cosas más dispares: palenque
de heroismos, campo de destierro y castigo para banderizos indómitos, liza
para el deporte caballeresco y lonja de negros lucros y granjerías.
Ahora, en la guerra de Granada que hicieron Isabel y Fernando, las cosas
ocurren de modo completamente distinto. Si la lucha con los granadinos fue
siempre algo más auténtico y más complejo, aunque alcanzara perfiles
caricaturescos en alguno de sus capítulos, el combate definitivo fue uno de
los más reñidos de la historia. Todas las formas de la actividad militar se
pusieron en juego, consiguiendo progresos trascendentales.
Lo que más influyó para la dureza de esta lucha fue la presencia en el reino
de Granada, junto a las dos capas principales de su población, vieja y
nueva, autóctona y procedentes de las llanuras levantinas y del bajo
Guadalquivir, de otros dos grupos más enérgicos e inquietos. El uno, de
africanos venidos a tierras de Granada por espíritu religioso o de aventura,
para hacer la guerra santa y vivir en frontera de los cristianos; gazules y
zenetas, que exacerban el fanatismo religioso y el espíritu de
independencia. El otro, de renegados cristianos, los elches, mal avenidos en
su tierra de origen, o que han tenido que abandonarla huyendo de la
justicia, o de la Inquisición; y los prisioneros de la guerra fronteriza que
han preferido islamizarse, obteniendo libertad y predicamento en su patria
de adopción. Entre ellos se encuentran algunos de las familias más
influyentes de la monarquía nazarí, como los Venegas, de procedencia
cordobesa. Fuera por miedo o por rencor, o llevados por la fe del neófito,
estos antiguos cristianos constituyeron el nervio de la resistencia
granadina: principalmente en Málaga y en la hora final de Granada.
También en el campo cristiano abundaban los tránsfugas musulmanes, ya como
consecuencia de las guerras civiles y de las persecuciones de un gobierno
despótico, ya simplemente por codicia. Los grandes señores fronterizos
mimaban a estos renegados, que les proponían golpes de mano y les guiaban
por las tierras fragosas de Granada. Los tornadizos del marqués de Cádiz,
tratados con afecto y esplendidez, explican en cierta parte los éxitos de
esta caudillo, el más perspicaz y afortunado, el más valeroso y más prudente
de toda la guerra, por especialización tradicional, los adalides y
almogávares, endurecidos en la lucha fronteriza y duchos en sus ardides.
Texto: Prologo de Jesus Lopez, extraido del libro "Esencia de una
tradicion" escrito por Pedro Esteso Carnicero.
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